Un paraguas para la guerra
- Ángeles Nava

- 8 mar
- 4 Min. de lectura

Necesitamos un paraguas metafórico para la guerra. Un paraguas puede apropiarse de múltiples significados y a la vez perderse en un destino infranqueable. La guerra de hoy no es cualquier guerra. Es una guerra en tiempos de tecnología avanzada. Las potencias mundiales presumen sus avances y, entre todo lo que existe, pareciera que dejamos de pensar en lo más aterrador: las armas de destrucción masiva.
Si bien no es sano concentrarse en los pensamientos negativos, es un acto de lucidez tocar el pulso del mundo en tiempos de crisis y recordar el paraguas antes de que comience la lluvia. Sí, la humanidad tiende a olvidar los peligros y concentrarse en “avanzar en lo material”, en el “progreso”, pero el avance tecnológico no ha ido a la par del perfeccionamiento humano. Cuando la guerra se manifiesta en nuestro lenguaje cotidiano y las promesas apocalípticas cobran vida, sólo entonces recordamos lo banales y frágiles que somos. A pesar de las tragedias acontecidas en épocas anteriores, aún nos sorprendemos como si el caos hubiera surgido de ecos remotos y apartados, en síntesis: de la nada, pero es el hombre quien se ha empeñado en ser insustancial e intrascendente.
La ausencia de guerra siempre nos ha otorgado una sensación de paz y por lo general hemos acompañado la cotidianidad dentro de una cápsula ingenua, y la gente sigue construyendo armas cada vez más colosales como si se tratara también de una insensatez monstruosa a la cual se le da cabida por naderías. En momentos como estos nos preguntamos: ¿por qué nos sucede? Y clamamos al Dios infinito, cuando en realidad todo se ha tratado siempre de nosotros.
La tecnología ha cambiado nuestras vidas en gran parte, pero se nos olvida que para hacer uso de ella también debemos instruirnos para conservar cierta conciencia. ¿Cómo tendremos el control sobre los artefactos cuando no hemos aprendido a tener el dominio sobre nosotros mismos y a resolver los conflictos de otra forma distinta a usar el sometimiento?; cuando la superioridad nos rebasa y sentimos la necesidad de castigar como si fuéramos un Dios poderoso. En ese punto, la tecnología, en vez de ser una herramienta benéfica para el hombre, se transforma en nuestro peor enemigo. La pregunta es, si los avances llegan a su cúspide, ¿por qué el desarrollo integral del hombre se ha rezagado?
El problema no ha iniciado con Caín…ni con Irán, Israel, Rusia, Estados Unidos…el problema inició desde nuestra impasibilidad y la ausencia de nuestro deber. Voy a ser imprecisa en esta línea de forma deliberada para que la creatividad de cada uno vuele. Así como se construyeron artefactos y se impulsó el progreso cada quien edifique en los laberintos de su conciencia sus mejores “armas” contra la guerra ¿Dónde habita la verdadera intención de salvaguardar la integridad de las naciones? Peor aún: del mundo. No estamos pensando como equipo y obsérvese que Goleman ya es casi un saber del pasado ¿En qué momento la vida humana se ha relegado por tristes conveniencias y egos?
Se nos olvida que, en un momento dado, el uso de armas nucleares puede convertirnos en seres deformes, afectar nuestra descendencia de por vida, dejar ciudades enteras inhabitables por la radiación, ya tenemos el triste ejemplo de Chernóbil. Tal vez TikTok nos sugiera construir un búnker, prepararnos con paneles solares, nos pueda enseñar sobre hidroponía, pero nada de esto servirá en casos críticos. La fe quizá sí sea insuperable, pero para que tenga sentido, la fe también exige responsabilidad desde el principio y los bellos horizontes no se forman en la indiferencia.
El problema más grande no es la guerra, es nuestra incapacidad para resolverla hasta el momento, lo que nos vuelve fríos, inhumanos e intrascendentes. Debemos preguntarnos, ¿de qué nos sirve la existencia si la vamos a convertir en herida? El poder necesita una vigilancia absoluta de acciones. La paz es esa ave frágil que cuesta trabajo preservar, por eso deberíamos ser más comprometidos, menos insensibles, más previsorios, menos individualistas.
No, el futuro no depende de un arma nuclear, dejemos de tenerle miedo al monstruo artificioso, el verdadero engendro es el silencio, la invisibilidad, el hombre que renuncia a perfeccionarse. Ya lo dijo Hegel: sin conflicto no hay evolución, ética ni libertad. Entonces somos responsables de observar los límites de una lucha. Ya lo dijo Heraclito: lo malo visto con ojos de virtud se convierte en umbral del bien. Aquí existe algo grave y perturbador: en el presente escasean los ojos virtuosos que favorezcan un mejor futuro.
La guerra puede durar meses, años, ser cruenta, devastadora e insufrible, o quizá no llegue a tanto debido a otros designios. Lo verdaderamente importante es admitir que esa naturaleza indesprendible y negativa del hombre, el mal, debe ser examinado como parte de un proceso dialéctico. Decidamos cómo vamos a cuidar la casa de todos: el mundo, con todo y las personas que lo habitan y no sólo sus cuerpos sino también mentes y espíritus. Quizá no estamos tan lejos de ser iguales que quienes aprietan “el botón”. No le demos nombre de país, presidente o líder político. Si no descubrimos que la humanidad debe hacerle honor a su nombre, puede ser demasiado tarde. La humanidad no sólo es pura biología, nace del diálogo, cuida, preserva, es responsable y algo significativo es que se revela mediante el lenguaje. En síntesis: necesitamos un paraguas metafórico para la guerra. Ya he sugerido entre líneas el mío. Ahora, el compromiso de cada quien es encontrar el suyo.
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