Contradicción cultural: la eterna lucha
- Ángeles Nava

- 20 mar
- 2 min de lectura

Fui al gimnasio y esta vez llevaba los audífonos de diadema que me regalaron en Navidad. Quien leyó “Dale a tu cuerpo lo que necesita” sabrá que no me gustan algunos de los videos musicales que se exhiben en las pantallas de ciertos lugares donde se va a entrenar. Por eso ahora uso los audífonos, pero en un momento desafortunado volteé hacia la televisión cuando estaba en la caminadora y, sin dramatizar, observé un video que, sin ser nuevo, sí era completamente novedoso para mí. Donde un hombre cantaba frente a una camioneta de gama alta y había otro hombre tableando a un muchacho que estaba sostenido del frente de la camioneta hasta que ya no se pudo sostener. Aun así, lo siguió golpeando y después vino otro más para ayudarle. Sacaron una especie de cuchillo y no sé si le estaban arrancando la piel o cortando la cabeza (en ese momento giré mi rostro). El siguiente video estaba lleno de chicas que rodeaban al cantante y aquí sólo haré la observación simple, para no caer en el detalle, de que eran cosificadas. En el tercer video había una lucha de robots donde se arrancaban una pierna robótica, un brazo o cualquiera de sus partes (obviamente en un combate propiciado por humanos).
Conozco de sobra la normalización de la violencia en este tipo de productos culturales y no es una noticia de última hora. No me voy a escandalizar, ni voy a levantar el dedo para señalar culpables o moralizar gente. Sin embargo, ver cómo se promueve la violencia con tanta naturalidad me lleva a deducir por qué las personas ya no cuentan con la capacidad de conmoverse. Toda violencia por pequeña o grande que sea parece usual, común, esperable, ordinaria, previsible. Algo que parece tan “inofensivo” como un video musical, impacta profundamente en los individuos desensibilizándolos. ¿Desensibilizándonos? ¿Volviéndonos piedra? ¿Volviéndonos máquina? Parece un juego, pero un juego que pone toda nuestra dimensión personal en peligro. Me temo que al igual que los therian estamos distorsionando la realidad: la violencia es un problema, no un recurso estético. Si nos vamos a la esfera internacional, podemos ver que las naciones también surfean en una paradoja: hacen acuerdos intentando encontrar paz, pero su verdadero actuar promueve todo lo contrario ¿Entonces? ¿Avanzamos en dos direcciones al mismo tiempo? Una donde la gente dañada intenta sanar y otra donde dañar es normal.
Al final, lo que vi en la pantalla me incomodó no sólo por ser violencia, sino por advertir el encubrimiento de un conflicto mucho más profundo: la indefinición de lo que somos y deseamos. Es muy fácil consumir productos como estos y decir “no pasa nada”. La primera pregunta es ¿para poder incomodarnos necesitamos que algo nos pase a nosotros o a nuestra familia?, como tantos casos que existen. Consumir sin cuestionarse puede tener un precio muy elevado. Urge identificar otras herramientas estéticas para expresarse, para inspirar soluciones, para abrir las mentes de otra forma, para crear un mejor futuro, para recuperar nuestra esencia.
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