LOS THERIAN
- Ángeles Nava

- 20 feb
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 22 feb

Extraño los días simples y significativos del pasado. Es cierto que, si bien aprovecho las ventajas de la tecnología en la actualidad, disfruto de las redes sociales, la inmediatez, el entretenimiento múltiple, la información a la mano y otros beneficios, anteriormente nunca vi la necesidad de inventar arbitrarias formas de indagar la identidad como hoy lo hace la juventud. Un ejemplo de estas nuevas búsquedas es el fenómeno de los therian. El mundo cambia con las herramientas y las herramientas moldean a las personas, a pesar de haber sido creadas por el hombre.
Para quienes alcanzamos a vivir un pretérito fuera del ámbito tecnológico, sabemos que la vida interior no se construye entre tanto ruido y esa puede ser una deficiencia del presente, un indicador de investigación desorientada o la urgencia de pertenecer, significar y ser validado. Algunas formas de configuración personal apuntan más al impacto, relegan el sentido y surgen de un trasfondo social digno de ser analizado. Vamos a abrir nuestra mente y a ser comprensivos: cada generación vive diferentes circunstancias, estas influyen en su comportamiento y por encima de la crítica o aprobación, demandan entendimiento y ayuda.
Reflexiono esto mientras me entero en el Facebook del nuevo fenómeno de los therian, jóvenes capaces de sentir una conexión profunda con un animal, al punto de identificarse con él. Desde mi punto de vista, los jóvenes están en pleno proceso de complicarse demasiado al darse cuenta de las dificultades en su día a día. Cada generación vive su herida, su vulnerabilidad, esta no es una excepción. Y nosotros, los espectadores seguiremos asombrándonos con los cambios que la juventud inserte en espacios del tiempo para poder diferenciarse. No como otras búsquedas de años anteriores, más estructuradas y con ideales claros y precisos: los hippies, los punks, los ravers, los emos. No, lo nuevo no se vincula a contextos sociales, políticos ni musicales, se mueve más en el universo interior y digital. La herida puede provenir de las fracturas familiares, del vacío íntimo o del simple deseo de crear modas, aunque inofensivas, con plena conciencia de su futura difusión aun cuando no aporten nada meritorio ni preciado.
En otros tiempos, el entorno tenía un peso fundamental para nosotros, no era tan difícil saber quiénes éramos, hoy hurgan hasta debajo de las piedras. En la actualidad se ha hecho mucho énfasis en buscar quiénes somos, qué sentimos, qué queremos y no está mal, pero muchas veces ese “qué quieres ser” traspasa la línea de lo que realmente “somos”. Y se nos olvida: la libertad se ejerce con sentido, responsabilidad y límites. Elegir ser “lo que sea” es un autoengaño, pierde trascendencia y significado. Antes de inventar “libertades” es útil investigar quienes somos en realidad mediante nuestros vínculos, familia, amigos, entornos, valores, aptitudes y limitaciones. Yo no puedo decir soy un árbol y ver mis raíces crecer en la tierra. No puedo decir soy un pájaro y lanzarme al aire esperando volar. Nuestra autodefinición, no precisa libertades, necesita de coherencia. Resulta fundamental autoconocernos sin rebuscamientos disparatados y ser conscientes de las desventajas tecnológicas en sus diferentes dimensiones.
Según los psicólogos, el hecho de identificarse con animales no implica un riesgo o una patología, siempre y cuando no se pierda el contacto con la realidad. ¿Pero de cuál materialidad hablamos? ¿De la que descubrimos o de la que inventamos? ¿Nos estamos comprendiendo o nos estamos inventando para llenar agujeros internos? Explorar indica probar, jugar, ensayar; descubrir se refiere a darnos cuenta de lo que ya somos. En algún sentido, ambos términos se usan para afirmarnos, sin embargo, explorar, por simple lógica, siempre implica mayor apertura y requiere de mayores restricciones que el descubrimiento no comparte y eso es justamente lo riesgoso. Al final, los límites entre descubrir e inventar se diluyen en la normalización de las redes. Y esas redes a veces aprisionan a los más frágiles.
Los therian no hacen daño a nadie, mas al privilegiar la elección sin fronteras para ser diferentes debemos preguntarnos por qué lo desean con tal impulso. El acto de reconocernos puede implicar algunas equivocaciones y aciertos, es verdad. Pero sobre todo debería implicar la comprensión de nuestros límites, de diferenciar la alegoría de la realidad. El mundo entero puede invitarnos a vivir otras experiencias, mas no es necesario experimentar todo para saber quiénes somos. Acompañar a un joven en su proceso de distinguirse a sí mismo puede ser gratificante, dejarlo solo es cargar las consecuencias más tarde y volver nuestra irresponsabilidad un peso para todos.
Ángeles Nava
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