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Ángeles Nava

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Tallerista, escritora y promotora de Cultura de Paz (mediadora de lectura del programa nacional de salas de lectura).

Diseñé este espacio Nostalgia del Paraíso con el deseo de dar voz a mis alumnos del taller: "Nostalgia del paraíso", del taller: "Olas de Pleamar" al cual pertenezco y a Otras Voces del Sur.

Me defino con una gran sensibilidad y observación para la creación de textos literarios.

Me gusta encontrarme con gente que le interese la lectura, la escritura y generar conversaciones significativas.

Ensayo sobre la película Backrooms

Algunas películas conllevan cierta dificultad de interpretación, es el caso de Backrooms, podemos analizar con amplitud su metáfora conceptual y encontrar una variedad de sentidos.

Una de las características de la metáfora cinematográfica es que puede ser observada desde distintos ángulos. Descifrarla depende de qué tanto observes, escuches y entiendas el contexto.  En la gran pantalla no hay momento en el que puedas rebobinar la cinta para ver alguna escena que sucedió muy rápido o escuchar de nuevo un diálogo que te dejó pensando. De hecho, ciertos fragmentos podemos verlos tan triviales que podemos olvidarlos. Quizá por eso algunas personas eligen ver otro tipo de películas, obras que no signifiquen realizar algún tipo de esfuerzo, sólo buscan recrearse, descansar, no interpretar metáforas o no se encuentran en el momento propicio para ser confrontados con una realidad. Y ambas posturas son totalmente válidas, todo depende de nuestro estado de ánimo, de nuestra disposición y elección. Podemos haber llegado de trabajar y algo no nos cuadra con cierto tipo de contenido o su forma de presentarlo: terror, fantasía, etc.

Lo pongo sobre la mesa, porque recientemente fui al cine a ver la película Backrooms y hay en ella mucho para descifrar. La historia gira alrededor de un arquitecto alcohólico y divorciado que no desempeña su profesión, pero es dueño de una mueblería llamada El imperio otomano. Cierto día nota una falla eléctrica y descubre unos interruptores que el técnico ignora para qué sirven o por qué están allí. El dueño de la mueblería se encuentra en una etapa en la que visita a una psiquiatra debido al trance de su divorcio y pasa las noches en la mueblería ya que la exesposa se ha quedado con su casa.

El problema comienza cuando hay un apagón y en el sótano de la mueblería distingue una luz, al tocar la pared se da cuenta que puede traspasarla. Sí, como una puerta hacia lo fantástico, tipo, ropero de Narnia con la diferencia de que lo fantástico deja de ser mágico. Ahí en ese espacio sólo hay cuartos y más cuartos con algunos muebles apilados donde Clark, el protagonista, inicia una investigación.

Al avanzar la trama se va entendiendo la metáfora de los cuartos o mejor dicho de los laberintos como la representación de la mente humana, el subconsciente, los recuerdos, los miedos, las zonas ciegas, la parte oscura, las sombras. En algún momento él le cuenta a su psiquiatra sobre el lugar que encontró y como es de esperarse su psiquiatra no le cree. Más tarde, la doctora, movida por la curiosidad va a buscarlo a la mueblería, encuentra la puerta y también se enfrenta a las sombras de ese laberinto y recuerda sus propios traumas.

Sin spoilers sólo diré que lo verdaderamente intrigante y aterrador es que hay gente observando ese laberinto y a sus ocupantes. Es decir, ¿quiénes pueden examinar la vida interior, los laberintos mentales al grado de mover sus hilos? La pregunta es ¿cuál es la metáfora de esa compañía secreta? ¿El sistema?, ¿el gobierno?, ¿las instituciones que todo monetizan? ¿En manos de quién están nuestros laberintos mentales? ¿Qué perdemos mediante esa vigilancia? ¿Somos manipulados? Quizá lo sobrenatural de la historia o la fantasía que interviene en la misma, sea sólo una manera de mostrar una realidad aterradora. Uno tiene que cuidar las puertas que se abren hacia espacios donde perdemos el control, donde perdemos la responsabilidad de cambio, hacia espacios que dejan salir nuestros peores monstruos, hacia espacios sin regreso.

Como dije: hay películas que llevan cargas emocionales, simbólicas, psicológicas, algo más que entretenimiento, no son las súper películas, pero exigen la participación del espectador. Este filme, ya de por sí, en sí mismo, encierra un laberinto. Sería bueno plantearnos, en la cotidianidad, ser menos complicados y evitar caminos sin salida.


 
 
 

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